9:30 de la mañana, primera clase de la asignatura "Física nuclear y de partículas", troncal de quinto curso de la licenciatura en física, impartida por el profesor Felipe José Llanes Estrada. Toda una lección magistral de la atrocidad de la guerra moderna.
Al principio me lo tomé como una broma, eran casi lecciones de fabricación de bombas nucleares, termonucleares y de neutrones. "Ya no voy a poder entrar en Estados Unidos" comenté de broma con mi compañera. La clase seguía: se nos indicó los distintos órdenes de magnitud de las bombas. Las bombas que usa ETA son de unos 0,1 kTones (100 toneladas de TNT). La de Hirosima fue de 20 kTones, unas 200 veces más violenta y con la radioactividad como efecto añadido.
Cuando el profesor habló de los tres frentes de onda que se propagan al detonar una de estas bombas ya no sabía qué pensar. Primero se ve la luz descargada en la reacción. Este es un flash que deja la sombra nuclear: una mancha permanente en superficies por la anteposición de objetos al resplandor. Luego llega la onda térmica, que abrasa todo lo que se pone a su paso. La onda de choque es la última en llegar, yendo al doble de velocidad que el sonido, unos 700 metros cada segundo. Esa no perdona. Destruye todo lo que barre a su paso. El profesor, está claro, ya no habla de cosas graciosas.
Al mostrar las imágenes de espaldas en carne viva fruto de la onda térmica y los testimonios de dos supervivientes científicos ya no había lugar a duda. No estaba de broma. No es un tema para hacer gracia.
Actualmente se calcula que existen del orden de 20.000 bombas nucleares en todo el mundo. Una cantidad ridícula por su elevado cardinal, capaz de destruir todas las ciudades importantes de la Tierra más de una vez cada una. Ridículo. Ridículo... ¿Ridículo?
martes, 2 de octubre de 2007
La catástrofe nuclear
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